miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Navidad y sus bondades

Diciembre ha sido para mí un mes en el que los sentimientos han chocado como truenos provocando cierta lluviecita en mis ojos; no por carencias extremas o por falta de regalos, sino por la angustia de no saber con cuál de mis padres pasaría Navidad. Antes de su separación, recuerdo, que los 5 soles que me daban cada viernes decembrino, lo gastaba comprando cuetes, rasca pies y objetos explosivos que anunciaban Navidad. Todo era una diversión enorme; ver la infinidad de chispitas que aparecían frente a los ojos maravillados de ese niño que fui, hacían creer que podía tener uno estrellas en las manos; todo ruido provocado por la pólvora me llevaban al éxtasis, hasta que se acabó cuando mis padres tomaron navidades distintas.

Desde entonces esta fecha no ha sido una celebración esperada. Gran parte de mi infancia pasó así. Quizá esta sensación de que algo faltaba en mí era mitigado por el alboroto que armaban mis primos; ellos eran los esperados en Diciembre. Entonces me hice reacio a ser partícipe de esta festividad, luego incrédulo conforme los libros me cambiaban las ideas hasta que salí del Perú. Aquí en México todo seguía igual en los diciembres, aunque algo empezó a provocar ansiedad no en todo mi ser, sino en el paladar: las Reliquias, los tamales, el champurrado, entre otras variedades culinarias que probé en casa de unos amigos. Pero la sensación que se inició en mi infancia seguía, ahora ya con más nostalgia: ya no tenía esa disyuntiva de ¿con papá o con mamá? Sino, un vacío que no llenaba nadie, ni las llamadas por teléfono de ambos.

Pero los cuetes, y todo artículo explosivo, las luces de bengala y más me llevaban de la mano a la infancia, como diría en su poema Tristitia el gran Abraham Valdelomar, a “mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola”. De alguna forma, el alboroto en las calles de Torreón, el correteo de los niños, las luces en las casas me conducían a una sonrisa, me daban cierta tranquilidad; pero nada hacía emocionarme al máximo, nada me provocaba desear con ansias la Navidad.

Pero aunque no soy creyente, respetando a quienes celebran la Natividad del niño Jesús, la percepción me ha cambiado. Desde que tengo una nueva familia, y sobre todo, desde que tengo un niño, espero esta fecha con gusto, no para placer mío, sino, para ver la expresión de mi hijo cuando abre su regalo, y para ver el rostro alegre de quienes me rodean cuando me ven entrar al mitote.

En estos tiempos en que la violencia a sobrepasado los límites de la transigencia, ha llegado a ser el temor de quienes andamos por las calles, es bueno buscar alternativas para no dejarnos absorber por emociones que no han sido del todo comunes en nuestras vidas. La familia es una de ellas, buscar diversión en la familia implica una armonía constante, y en estos tiempos en que la violencia es el pan de cada día en las páginas de periódicos, y es lo que nos hace temer a la noche; fomentar la violencia en la casa se convierte en una actividad enfermiza y masoquista.

Volver a la infancia, ilusionarse como entonces da otro sentido a estas fechas que lejos de creencias religiosas, encontrar la paz debe ser el objetivo: paz en nosotros y en los otros; hacer oídos sordos a detonaciones que no sean cuetes y objetos de estas fechas; dejarnos llevar por el alboroto de los infantes: volver a la infancia es negarle arrugas a los años.

De esta forma es que Navidad tiene otro sentido para mí, un sentido que yo he buscado; una forma de hallar tranquilidad en los seres nuestros, en la familia.

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miguel-amaranto@hotmail.com

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