miércoles, 20 de octubre de 2010

La importancia de tener abuelos.

Tengo una sensación extraña que llega a mí de vez en cuando; estoy seguro que yo no la traigo, sino llega sin avisar y me sacude la existencia. Cuando está paseando dentro de mí, la sensación me muestra el punto exacto de mis años y me hace mirar hacia atrás y hacia adelante: “Qué rápido pasan los años” me digo; pero lejos de hundirme en una depresión por todo lo que implica ser cada día más adulto, consigo sonreír y dar un paso hacia el minuto siguiente, hacia el día siguiente, hacia los años que vienen con un: “Qué joven me siento cada día”.
Imagino con toda certeza que el ánimo que me lleva a continuar mi vida, es la fortaleza en la que se sostendrá el anciano que un día seré, lo que mis nietos verán en mí y lo que hará que ellos se acerquen a buscar historias en cada una de mis conversaciones y fantasear e inmiscuirse en escenarios que jamás han pisado pero que yo haré que los vivan. Insisto, lo imagino con toda certeza. Y no pierdo las ganas con cada minuto que cae en mi cuerpo, en mi cabello, que poco a poco obtendrán una forma.
Y estoy seguro que ese ánimo es el pilar que sostiene a los ancianos que llegan a edades casi fantásticas, considerando que pocos alcanzan los 80. Esa solemnidad en sus rostros atrae a los niños, a los jóvenes, incluso a los no tan jóvenes. Y hago esta referencia para enfatizar la importancia de los abuelos, y lo significativo que es tenerlos.
Cuando yo era niño, mi madre nos llevaba- a mí y a mi hermana- con frecuencia a visitar a mis abuelos paternos; a ellos fui apegado y los he adorado a pesar de malos entendidos. Y en “La Casa” (porque esto es otro detalle que –supongo- en todas las familias existe: llamar “La Casa”, al hogar de los abuelos) nos reuníamos todos sus nietos. Lo maravilloso ocurría por las noches en que don Amaranto Quiroz, nos contaba sus historias, esas de duendes y fantasmas: de cómo fue que espantó al duende que montó atrás de él en su mula, allá en la ex hacienda El Collao de mi querido Oyotún. De cómo una cadena de oro con la que estaba amarrado un cerdo se convirtió en palo de leña allá en el Cerro Colorado, antes de llegar al caserío Chilcal. Y la vez que alguien aventó a su sobrino aquella noche en que cuidaban la era de arroz, y frente a ellos, a lo lejos, aparecían y desaparecían en un acto lúdico, luces de colores.
En cuanto a Doña Pepa; esa magia que tenía en las manos para sazonar; en cada comida dejaba ella un grano de arena a nosotros sus descendientes, para continuar con las tradiciones culinarias que ella traía de la sierra del Perú, de generaciones anteriores. En “La Casa”, se juntaban dos culturas: la traída por mis abuelos de la sierra, y la que aprendieron en el pueblo, de la costa, así que comer Arroz con Pato, era tan tradicional como el caldo de Plátano Verde que al paladar era un encanto, un placer casi orgásmico (permítaseme la exageración), un gusto celestial. Y ella también tenía sus historias que guardaba para la hora del almuerzo, donde todos nos sentábamos en la enorme mesa, a la misma hora. De los patos que la seguían a las 5 de la mañana y a dos cuadras desaparecían, las veces que iba a comprar el pan que ella vendía. De las almas que pasaban por su lado y que ella saludaba sin tener respuesta.
Todo eso es mágico, y estoy seguro que nadie va a negar, lo importante que es el tener a los abuelos. Ellos marcan una diferencia en cuanto a la interacción que existe con nuestros padres. Unos se refugian en ellos para contarles problemas, logros, que evitamos hacerlo con nuestros progenitores. Adquieren un aire mágico cuando hablan. Sus palabras tienen un poder sin límite que nos eleva la autoestima, sobre todo por ese orgullo de tenerlos cerca, de saber sus vidas de alguna forma.
Los abuelos son fundamentales en las familias, no para sus hijos, sino para nosotros los nietos, así como nuestros hijos hallarán esa magia en nuestros padres que nosotros no logramos descubrir quizá hasta el día en que los perdemos. Son los que heredan en nosotros años de historia, de tradición que marcan nuestras culturas, nuestras sociedades; los que nos hacen más fuertes frente a las adversidades de una variopinta vida. Sus arrugas son más fuertes que un problema, porque la conciencia nos dice que llegar a su edad es un reto para nosotros y un logro para ellos. Eso alienta.
Los abuelos tienen magia, y tienen también un presentimiento profético muy certero. La juventud quizá o la adolescencia nos hacen ignorar palabras que nos dicen y ello lo comprendemos sólo cuando vemos la profecía hecha realidad ante nosotros.
Cuando yo salí del Perú, al despedirme de mi abuelo, él, con toda la seguridad de sus años me dijo: “Yo me despido para siempre, hijo. Cuando vengas ya no me vas a encontrar”. No digas eso, papá, dije a manera de ignorar sus palabras. Ahora, ya se cumplió un año de que mi abuelo dejó su existencia en el recuerdo de los suyos, y yo sigo aquí, en este México, recordando.
Dedico esta columna a mis padres, y a mis suegros en nombre de mi hijo, y dedico a todos aquellos que tienen la dicha de tener a sus abuelos cerca. Siempre he dicho que no quiero sermonear, ni concientizar a mis lectores; sólo comparto mi opinión en lo que escribo y el resto queda a su criterio.
Amigos, a veces las animadversiones en las familias alejan a los nietos de los abuelos por cosas que ellos desconocen y que no tienen nada que ver. Alejarlos implica mucho, como el simple hecho de formarse un carácter, de adquirir una tradición, y de recibir en su conciencia la difusión de una cultura.

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miguel-amaranto@hotmail.com

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