jueves, 11 de febrero de 2010

MÉXICO: “Aparta de mí ese cáliz”

No he querido escribir ya sobre este tema, pero por más que intento evadirlo en el pensamiento, en la cotidianeidad; aparece en todos lados, me toma de la mano y se aferra a mí, a mis ojos.

La violencia en México se vuelve en un hecho con carácter de rutina que espanta, pone tensa a la sociedad, se hace respetar ante la autoridad y avanza. La economía huye con sigilo para no ser arrebatada; los actos del gobierno se manifiestan como un espectáculo ensayado y no como una reacción de rescate. ¿Qué se puede esperar de un gobierno que promete mucho y ofrece poco? ¿Qué esperanzas hay de conquistar la libertad si ni siquiera la tenemos cerca para seducirla?
Me ha secuestrado (este término es ya tan común) una sensación de impotencia, de nostalgia; ha llegado a mí un olor a carne y pólvora. Ciertamente estoy consternado por las ejecuciones que se han dado en estos días.
La matanza a jóvenes en Ciudad Juarez, a jóvenes en Torreón, ¡JÓVENES! ¿Cuántos chavos más es el límite, señor Presidente, Gobernadores?

Me duele ver morir a mi generación, gente que va a divertirse y se halla cara a cara con la muerte. Una desgracia a la que no se hallan palabras para imprecar de rabia.

Ahora divertirnos puede ser nuestra sentencia; ahora una sonrisa puede costarnos la vida; las calles ya no son nuestras a ninguna hora; nos las prestan un ratito hasta que el crimen decide obligarnos a correr a nuestras casas, decide dar a conocer cuánto poder tienen y cuánto han ganado a los gobiernos.

En estas avenidas lloran las sirenas de los patrulleros, escandalosas y alteran la poca tranquilidad que nos queda. Pasan veloces las camionetas de todas las corporaciones policiales, ¿A dónde van? Sabemos que al llamado de emergencia; lo que no sabemos, lo que no se dice en la prensa es qué beneficio dio su presencia, cuántos detenidos; y el show continúa.

La gente manifiesta su inconformidad, la prepotencia de policías y militares. A más elementos, mayor inseguridad; a más elementos, la ciudad se convierte en zona de guerra y no es Afganistán.

La Laguna es una zona de gente que trabaja, de seres humanos que le entran al toro por todos lados; no hace mucho la libertad era callejera, cercana. Ahora la muerte vigila su presa cual rapiña, pasea por las calles y esparce su hedor.

A pesar de todo, considero que el miedo no debe ser refugio, sino la unidad social. ¿Qué podemos hacer si los gobiernos no pueden? Unirnos, no colaborar con el crimen porque callar es ayudar.

Yo disfruto mucho las películas infantiles porque siempre traen un mensaje para los adultos, para todos. Recuerdo con lucidez la película titulada “BICHOS”; para quienes la hayan visto, ¿recuerdan qué hacen las hormigas ante la amenaza y opresión de los saltamontes?

Lo dejo a su opinión, amigo lector, señores funcionarios. El país no quiere más muertos; no dejemos que México se llene de heridas.